Hotel California

Alejandro Zúñiga | No había más gente que una pareja y un barman. El sitio tenía como ornamento más destacado luces de neón moradas de ésas que hacen que brille el color blanco. Las mesas llevaban al centro gardenias y una vela. Sonó Hotel California. La pareja se levantó: caminaron a la pista de baile con un ritmo extraño, sin prisas pero con claro entusiasmo. Tenían, calculo, unos cincuenta, cincuenta y cinco años. Antes de fundirse en abrazo, se miraron un instante con insospechado respeto, casi devoto. Se bambolearon con pasión durante toda la pieza. Era increíble ver sus rostros. Ambos tenían los ojos cerrados y una ligera, pero contundente sonrisa de satisfacción. Me senté a mirarlos. Me gustó la forma en que la mujer fue rodeada de la cintura por el brazo experto del compañero. Ella recargaba su cabeza en el hombro izquierdo del esposo –algo inexplicable me hizo estar seguro todo el tiempo de que eran esposos- y su cabello resbalaba por la guayabera blanca de él.