Soñé que un cocainómano me tocaba el ombligo y decía

 

 

En una fiesta muy bonita
un cocainómano me dijo “hasta luego”,
levantó mi playera, palpó mi ombligo y dijo:
“De aquí nacerán las praderas en donde pastarán los alienígenas de este siglo.
Aquí vendrán a ocultarse los niños que deseen masturbarse lejos
de la mano de Dios”.
Y el cocainómano no era un hombre, ni una mujer, ni un triciclo,
ni era alto ni bajo,
sino más bien parecía el cadáver de un perro en la avenida de mi corazón.
Y en sus ojos se podían ver los ojos de los que duermen debajo de los puentes,
de los que buscan a sus madres debajo de su cama,
de los que abandonaron el kínder para semejarse más a sí mismos,
de los que hablan de la literatura como se habla del clima
o de la cena.
Y en sus manos había diminutos caballos diminutos trotando,
trotando y amarillos.
Y de su boca se desprendían ángeles como libélulas.
Y no me dijo nada,
más bien se quedó callado mientras me tendía un mechón de pelo que se le había caído,
más bien se escondió detrás de algo.
Y yo le dije bien,
le dije sí,              bueno,
y me saqué una pelusa del ombligo
porque esa noche estaba azul y demasiado triste,
y como todos podemos intuir,
el amor,
digo,
lo que confundimos con el amor
o estar demasiado triste
ya es cosa,
ya es muy cosa de otro de otro tiempo.

 

 

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