El patrimonio cultural inmaterial — Legislación y retos de una política cultural en México

 “lo que mantiene en vida el patrimonio es que los individuos de la comunidad cultural recuerden  y recreen su significado en cada periodo histórico”[1]

Arizpe Lourdes y Nalda Enrique

 

Cuando hablamos de patrimonio cultural no solo nos referimos a todos los objetos que históricamente nos han heredado las culturas y periodos antepasados a la actualidad, también existe el patrimonio vivo o intangible, el patrimonio natural y el patrimonio contemporáneo. El primero de estos es el que hoy ocupa nuestras reflexiones. Corresponde a aquellas manifestaciones intangibles que como parte de nuestras tradiciones y herencias conforman un panorama cultural pluridiverso.

“[e]l concepto de patrimonio se ha trasformado. No abarca únicamente el legado de objetos y monumentos materiales que se reciben de la historia. De manera más amplia, patrimonio es aquello que le aporta a una comunidad cultural la representación de un sentimiento de pertenencia…”[1]

En unión con los objetos, conforman un conjunto que nos determina como comunidad y como sociedad. México, al ser un país internacionalmente reconocido como megadiverso tiene una larga lista de manifestaciones culturales tanto tangibles como intangibles que le hacen acreedor a este título.

Si bien México cuenta con reconocimientos nacionales e internacionales de su patrimonio, los más, son aquellos que atienden al ámbito tangible y natural. Son pocos los que atienden al patrimonio intangible, basta mencionar que de los 41 recogimientos que la UNESCO le ha otorgado a México, , solo 7 atienden al ámbito inmaterial. Estos reconocimientos son:

  1. Fiestas indígenas dedicadas a el Día de Muertos
  2. Ceremonia ritual de los Voladores de Papantla
  3. Lugares memoria y tradiciones vivas de Tolimán y Peña de Bernal
  4. Cocina tradicional mexicana, el paradigma de Michoacán
  5. La Pirekua, canto tradicional Purépechas en Michoacán
  6. El mariachi, música de cuerdas, canto y trompeta
  7. Danza los parachicos, fiesta tradicional de Chiapa de Corzo

Antes de continuar es necesario definir a qué nos estamos enfrentando cuando hablamos de patrimonio intangible, según el ahora fallecido primer secretario de cultura de México Rafael Tovar y de Teresa el patrimonio intangible es “La tradición oral, las fiestas populares, las lenguas y dialectos, la memoria histórica, las costumbres y la sabiduría y conocimientos tradicionales entre otras expresiones sociales, forman parte”[2].  Lo que dibuja un amplio campo de acción, poco difundido y muchas veces en alto riesgo.

México es sin duda uno de los países latinoamericanos que le han apostado a la protección de su patrimonio intangible y ha logrado extraordinarios resultados, basta con citar los 7 reconocimientos dados por la UNESCO. Es un camino ya avanzado, pero que genera grandes preguntas y retos a seguir en un país con una oferta de manifestaciones culturales inmateriales muy amplia.

Históricamente las políticas públicas mexicanas, se han centrado en la protección del patrimonio edificado y han relegado a un segundo plano las manifestaciones inmateriales. ¿Estamos atendiendo de manera coherente y equitativa a los diversos sectores receptores y productores del patrimonio inmaterial en todo el territorio mexicano? ¿Qué programas federales y estatales están atendiendo el patrimonio inmaterial en riesgo en la actualidad? ¿Qué instituciones y fundamentos jurídicos respaldan el trabajo y la protección de esta riqueza nacional ante los retos del siglo XXI?

Es cierto que existe poca coordinación entre el gobierno federal y los estatales para fomentar y crear proyectos de protección de este tipo de patrimonio en todas las regiones del país. Programas como el FONCA —por mencionar alguno— atienden este aspecto de la vida cultural de la nación, pero las carencias de programas robustos y  coherentes con la realidad mexicana actual son evidentes, sin mencionar que no abarcan todos los sectores o municipios de nuestro país.

Por otro lado en la ley más importante y vigente sobre patrimonio de la nación, la Ley federal sobre monumentos y zonas arqueológicos, artísticos e históricos, comúnmente conocida como ley del 72, por el año de su promulgación, poco o nulamente atiende al patrimonio inmaterial, dejando de lado todo aspecto relacionado con la tradición oral, las manifestaciones intangibles como danza, gastronomía, etcétera.

Existen diversos respaldos jurídicos que sin embargo atienden de manera directa o indirecta este sector de la riqueza patrimonial de nuestra nación. Citemos pues los artículos constitucionales 3, 4, 6, y 73 que son los que más tienen que ver con este tema. De estos los que más atienden el sector de las manifestaciones culturales intangibles son el 3, que tiene como objetivo asegurar la protección y difusión de la cultura, incluida ahí la riqueza inmaterial; el 4 que establece que  la ley protegerá la diversidad lingüística, la diversidad cultural, y protegerá y promoverá los usos u costumbres de nuestro país siendo todos estos sectores del patrimonio inmaterial.

Continuando con esto existen también otros aparatos jurídicos que atienden de manera puntual o indirectamente al sector patrimonio y en particular el patrimonio inmaterial o intangible. Entre estos encontramos la Ley orgánica del Instituto Nacional de Antropología e Historia, Ley orgánica del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura y La Ley de Premios, Estímulos y Recompensas. Todas estas leyes de una forma u otra fortalecen jurídicamente y administrativamente la protección, promoción, difusión y reconocimiento de los patrimonios intangibles con los que cuenta nuestro país.

“Las políticas culturales modernas no se habrían podido desarrollar sin el concurso de organismos internacionales, particularmente la UNESCO, que propiciaron la reflexión y la toma de conciencia de los diversos Estados sobre la importancia de intervenir en la cultura”[3]

En particular, los acuerdos discutidos y firmados por México en materia de protección de patrimonio como los acordados en la convención de la Haya en 1956, la convención de Paris de 1972 y Convención de Paris de 2005 y aún más específico, sobre patrimonio inmaterial que se discutió en Paris en el 2003.

Es importante señalar que con la reflexión propiciada por los acuerdos y foros internacionales, así como la academia, programas y foros nacionales, en México se ha llegado a permear en la sociedad civil una cultura, aun en desarrollo, pero con exitosos ejemplos para la protección, difusión y rescate del patrimonio cultural y en muchos casos sobre patrimonio inmaterial o patrimonio vivo.

El gran impulso de estos proyectos ha sido principalmente por dos razones: la defensa comunitaria e interés social para la protección del patrimonio cultural y la necesidad de la protección y difusión de estas manifestaciones culturales por la creciente economía basada en el turismo; este frecuente motivo, en ocasiones, por mala planeación y asesoramiento, ha causado graves daños al patrimonio vivo y material de los pueblos receptores de turismo.

Entre los problemas más comunes que encontramos en cuanto a los embates del turismo sobre el patrimonio inmaterial es la teatralización de ritos, danzas, tradiciones etc. Esto se debe a que puesto que la demanda del turismo se hace cada día más amplia y la población tiende a multiplicar la oferta del patrimonio inmaterial, no se presta cuidado al conservar íntegros los valores o elementos propios de la manifestación cultural. Otro caso es la pérdida gradual de la tradición manual y oral aprendida en comunidad. Con la demanda del turismo se modifican los medios, métodos, herramientas y materiales con la finalidad de poder satisfacer la voraz demanda del producto. Respecto a ello, No sólo la creciente colaboración y corresponsabilidad entre los diferentes órdenes de gobierno ha constituido un nuevo agente en las tareas que entraña la concreción de una política de patrimonio cultural, sino también la participación de la sociedad civil[4].

Es de suma importancia comprender que debe ser la comunidad productora del patrimonio inmaterial la que juegue un rol central en los procesos de desarrollo de proyectos sobre patrimonio en su comunidad. Son estos los mejores aliados para logar una oferta turística basada en patrimonio que no solo pueda soportar la demanda del consumidor turista, sino que también este provisto de las herramientas y estrategias necesarias para lograr una armonía entre el sector económico y la protección y correcto manejo del bien cultural inmaterial del cual son receptores. Ante esto cito a Rafael Tovar y de Teresa que nos señala que:

“La participación social cuenta con cauces claros, aunque susceptibles aún de ser considerablemente fortalecidos y ampliados, de carácter legal, fiscal, económico y programático, para apoyar una tarea cuya magnitud excede con mucho las posibilidades de una sola instancia de la sociedad.”[5]

Es importante que desde los niveles más altos del aparato político y económico de México se fortalezcan los proyectos en los rubros que señala Tovar y de Teresa, para que evitemos la perdida, desvalorización y el mercantilismo sin esencia de nuestro patrimonio cultural intangible.

Es cierto que en México, como en otros países de Latinoamérica y el mundo hay también casos donde la misma sociedad se ha puesto en contra de la posibilidad económica que del patrimonio se puede extraer, argumentando cuestiones religiosas, sociales y ecológicas. Es verdad que un proyecto poco planeado puede producir graves daños o conflictos en la comunidad y el patrimonio, pero también es cierto lo contrario: resultados favorables para la comunidad sin la necesidad de intervenir o dañar los aspectos esenciales de la manifestación en sí.

El meollo del asunto es que se  debe entender que, “si la cultura por sí misma es incuestionable y sublime, su carácter inmaterial la excluye de negociaciones so riesgo de hacerla vulgar o banal, como si la definición de un presupuesto o de una política de fomento produjera la desvaloración de la cultura”[6]  lo cual de ninguna manera es la finalidad de los proyectos comunitarios o con enfoques culturales y turísticos.

Para finalizar, una breve reflexión en torno a la tradición oral en México, que se debería tomar en cuenta en la agenda política cultural de nuestra nación: La tradición oral replicada generacionalmente en la agenda de las políticas culturales en México es una de las que más ha sufrido en cuanto a proyectos y fomentos para su protección y difusión. Entendamos por tradición oral, todas aquellas manifestaciones trasmitidas de forma oral, las cuales son heredadas de un ente social o una comunidad a las generaciones más jóvenes con el fin de conservarla y generar un sentimiento de pertenencia comunitaria. Hablamos de historias, leyendas, mitos, gastronomía, la trasmisión de técnicas artesanales, lengua, conocimiento médicos (herbolaria medicinal por ejemplo). Estos son aspectos que deben ser atendidos de manera que se puedan generar proyectos a nivel nacional que busquen la protección, valorización y conservación en comunidad. Se trata de aspectos que se encuentran en riesgo en gran parte de los municipios de la república mexicana. Como es cierto, hay que decir  que existen sectores más vulnerables y/o más olvidados a los que se les debe voltear a ver. No perdamos la memoria y tradición oral comunitaria, la memoria de nuestro México.

 

 

 


Bibliografía


Arizpe Lourdes y Nalda Enrique, Cultura, patrimonio y turismo, PDF.

Nivón Bolán Eduardo, El debate internacional de la política cultural, PDF.

Nivón Bolán Eduardo, La política cultural: una diversidad de sentidos, PDF.

Tovar y de Teresa, Rafael, Hacia una nueva política cultural, PDF.

 

 


Notas


[1] Arizpe Lourdes y Nalda Enrique, Cultura, patrimonio y turismo, pág. 209.

[2] Tovar y de Teresa, Rafael, Hacia una nueva política cultural, pág. 99.

[3] Nivón Bolán Eduardo, El debate internacional de la política cultural, pág. 105.

[4] Tovar y de Teresa, Rafael, Hacia una nueva política cultural, pág. 102.

[5] Tovar y de Teresa, Rafael, Hacia una nueva política cultural, pág. 102.

[6] Nivón Bolán Eduardo, La política cultural: una diversidad de sentidos, pág. 73.

 

 

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