La explosión de los sentidos — crónica del Vértigo

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La gran noche

El lugar estaba listo. Las invitaciones a la inauguración se habían repartido entre lo mejor de la sociedad de Ciudad Juárez, los hombres y mujeres con finos trajes y elegantes vestidos de noche arribaban al lugar y el valet parking llevaba sus autos a buen resguardo. La puerta de dos hojas de metal pulido, brillante, estaba abierta bajo un arco de globos plateados y negros que flotaban sobre ella y que hacían juego con el piso y los escalones, parecidos a escaques de ajedrez.

Tras pasar el vestíbulo y la taquilla, o cover, se accedía al interior a través de otro par de puertas, donde los escaques sucumbían bajo una alfombra color vino, con estampados similares al dripping de Jackson Pollock. A la derecha había una barra, pegada a la pared, exclusiva para clientes, mientras en el fondo, al otro lado de la pista principal, estaba la barra dos, para clientes y meseros. En ambas brillaba la cristalería, colgada en su porta copas.

A la izquierda, un área de escaleras llevaba tanto al sótano como al segundo piso; en la pista principal, unos peldaños más conducían a la pista chica y de ahí a la planta superior, donde otro par de barras dispuestas estratégicamente darían servicio tanto a clientes como a meseros. Bancos altos y mesas de color negro, cada una con una botella de champaña y un platón con uvas para recibir el año 1992.

Las mujeres entraban al lugar enfundadas en costosos abrigos, y los hombres hacían lo propio con largas gabardinas para cumplir así con el código de vestimenta formal en esa noche de inauguración y Año Nuevo, prendas de las cuales se despojarían para llevarlas al guardarropa y estar más cómodos. En todo el lugar reinaba la luz blanca en espera de las nueve de la noche, hora en que abriría la pista de baile.

Entonces se apagaron las luces blancas y se encendieron las negras. Los colores claros se volvieron brillantes en la oscuridad. El dripping de la alfombra se tornó fluorescente. Un humo blanco surgió de varios aparatos colocados en el techo, mientras el sonido que hacía al escapar se mezclaba con las notas de Mr. Roboto, del grupo Kix. Los cañones de luz se movieron al ritmo de la música, mientras del cielo, lentamente, descendía una araña robot de ocho brazos, con una cabeza mezcla de alienígena y androide en el extremo de cada uno de ellos; sus bocas se iluminaban según la vocalización de la melodía, al tiempo que sus ojos emitían rayos láser de colores que rebotaban en los espejos del mezzanine.

Así comenzó la historia de Vértigo Discoteque, con todo un derroche de tecnología y recursos nunca antes visto en la ciudad. Más moderno que el ElectriQ, más grande que el Amadeus y mucho más elegante que cualquier lugar en la avenida Juárez, era un lugar creado para pasar a la posteridad, para conservarse, para nunca pasar de moda. Se había contratado a los mejores dj’s, al mejor personal del Willy’s y el Spanky’s (lugares de los cuales Wilfredo Moya Estaco también era propietario), así como personal externo. Su gerente procedía del hotel Lucerna, su personal de seguridad parecía un grupo de verdaderos gorilas y el director de su ballet era Juan Vilchis, bailarín con importantes logros en la ciudad de México, quien también diseñó el uniforme de los empleados y el vestuario de su grupo de baile.

La cabina de los dj’s estaba en lo más alto del lugar, a manera de Olimpo inalcanzable, a donde sólo unos pocos afortunados y afortunadas podían acceder. En esa época, lo que más tocaban era música de 2 Unlimited, Bjork, Ace of Base, Erasure, R.E.M., Depeche Mode, Alejandra Guzmán, Soda Stereo, Miguel Mateos, entre otros cantantes y grupos musicales de mayor o menor éxito, así como infinidad de one hit wonders. Pero las estrellas de moda en ese entonces eran Maná, un grupo de rock mexicano que, en lo personal y por su diaria y recurrente repetición, ya me tenía hasta el gorro. Hasta la fecha, no puedo escuchar nada de ellos.

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Los clientes

Pronto, el lugar se hizo de clientes asiduos y conocidos, desde los Doors, un grupo de juniors que cada semana iniciaban broncas, sabedores de que los guardias de seguridad actuarían a su favor; Pedro y Tomás Zaragoza, empresarios prominentes; así como Elizabeth Álvarez y Vanessa Guzmán, jóvenes modelos que llegarían a ser actrices de telenovelas, agregando que la segunda representó a México en el certamen Miss Universo 1996.

Había dos hermanas que visitaban religiosamente el discoteque: Cecilia y Enid, bautizadas como las Chicas Explosivas, quienes no se perdían un fin de semana en el lugar.

También iba otro tipo de clientes, más conocidos por sus diminutivos o sobrenombres, como el George, el Chavita, el Profe, el Inge o el Kiko, quienes con el paso del tiempo se dejaron de ver, desatando con su ausencia diversos rumores sobre su paradero, desde un escape de la ciudad hasta un reposo eterno bajo los cimientos de una casa en algún fraccionamiento de nueva creación, consecuencia de sus actividades de dudosa moral y legalidad.

Claro que Vértigo Discoteque también tenía sus detractores, entre ellos, un grupo de intelectuales que se reunían en el Museo del INBA. Resentían que no los dejaran entrar por no llevar pantalones bonitos, pero, ¿cómo querían que los dejaran entrar, intelectualoides de huaraches y morralito?

Vértigo era el lugar de moda, el lugar de la gente bonita, y eso lo convertía en visita obligada de varios artistas y cantantes de renombre cuando visitaban la ciudad. Así, llegaron a ir las actrices Silvia Pasquel y Kate del Castillo (quien en persona no causó entonces la gran impresión que solía causar en pantalla), la cantante Thalía (quien sí impresionó, pero por su baja estatura); meses después, el futbolista Jorge Campos, quien iba de incognito con una gorra blanca pero llegó a ser reconocido; Café Tacuba, de cuyos integrantes me tocó servir a Meme, y a quien por poco le cobro la bebida al no reconocerlo oportunamente, sin saber que tenía cuenta abierta de cortesía.

Una ocasión que Luis Miguel se presentó en el Gimnasio Universitario, en contra esquina del discoteque, se le invitó a visitar el lugar; pero El Sol desairó la invitación, asistiendo solamente su staff, parte del cual, seguramente, formaba parte un nutrido grupo de técnicos locales.

También llegaron a ir los raperos del grupo Caló: Maya y María Karunna, quienes en persona lucían también un poco distintas a como lucían en la televisión. Y en cuanto a Claudio Yarto, éste subió a cabina sólo para quitarse los lentes y la gorra, y luego bajar a regodearse en el hecho de que, sin ellas, nadie lo reconocería. En efecto, nadie lo reconoció.

Y no, no es bizco.

Pero no sólo acudieron personalidades de la farándula o el deporte mexicano, sino también, del estadounidense. Una vez anunciaron que andaba por ahí, como un cliente más, uno de los guitarristas que desfilaron por el grupo Yes, cuyo nombre no puedo recordar; así como el ex beisbolista de los Dodgers, el dominicano Pedro Guerrero, quien llegó a visitar el discoteque una de esas veces en que quizá andaba perdido en la vecina ciudad de El Paso, Texas, de donde procedía la clientela favorita de Willy Moya, el propietario.

Un invitado recurrente, a quien hicieron un homenaje, era el gran campeón mexicano Julio César Chávez. Fue una noche de gala, donde el cover se donaría a una organización altruista, al igual que los ingresos por su pelea con el paseño Mike Powell. Hombre sencillo y agradable, se dejó querer y apapachar por sus anfitriones, aunque luego él mismo pidió “que ya no le echaran tantas porras”. Esa noche, al terminar la jornada, el campeón nos pidió formarnos a todos los empleados del lugar para darnos una propina de cien dólares a cada uno, aunque no de su mano, sino de la de uno de sus asistentes. Un gesto generoso para quienes trabajaban en un lugar que, en pleno apogeo del pay per view, robaba la señal de sus peleas para no pagar el derecho de transmisión.

Llegó a ir algunas veces más, pidiendo discreción a partir de la tercera visita. Iba, las más de las veces a divertirse, aunque se rumoraba que también acudía por negocios. Era posible. Llegaba al video bar Laberinto, en el subterráneo del lugar, y ahí se encerraba con su comitiva y séquito de infaltables aduladores. De vez en cuando, tanto el campeón como alguno de sus invitados, salía del bar y entraba al camerino, evitando el baño. Quienes llegaron a entrar para cambiar bebidas o “levantar muertos” cuentan, quizá con exageración, que el suelo del camerino lucía blanco de tanta cocaína que se les había caído accidentalmente. Incluso un guardia de seguridad perdió cincuenta dólares al haber apostado contra él en su segunda pelea contra Meldrick Taylor, “¿cómo no iba a apostar en su contra, si lo vi hasta la madre un mes antes de la pelea?”

Se rumora que una vez también llegó a ir Amado Carrillo, el Señor de los Cielos, líder del cártel de Juárez en ese entonces. Pero a mí no me consta. Creo que el día que dicen que fue, yo me había ausentado del trabajo.

De vez en cuando me reportaba enfermo los sábados y no iba al discoteque. Era necesario faltar, disfrutar junto con la demás gente. Trabajar los días en que el resto del mundo se divierte, no es de Dios.

Aunque mis ausencias no eran muy frecuentes. Valía la pena cuidar mi empleo como cantinero, por tanto, no me importaba hacer el sacrificio de trabajar los fines de semana. Mis ingresos no bajaban de 100 dólares diarios, incluso cuando llegaba la temporada de la Feria Expo Juárez, en la que Vértigo tenía una extensión del lugar y a donde se iban la mayoría de los clientes durante la temporada que duraba. Esto, a quienes nos quedábamos a trabajar en el discoteque, lejos de afectarnos, nos beneficiaba, pues la gente que acudía era otra, diferente, y aunque suene clasista, para nosotros los empleados, era mejor. Tanto, que una ocasión gané trescientos dólares. Era como si los clientes indeseables, los que no dejaban propina, los piojos, como los llamábamos, hubieran dejado el camino libre a clientes espléndidos y de mejor consumo.

Y es que incluso a Vértigo Discoteque le había llegado la hora de abandonar su característico elitismo y bajar sus precios. Cuando una baja en la clientela del lugar comenzó, en días regulares el licor nacional se vendía en tres dólares y el importado en cuatro. Wilfredo consideró necesario bajar los precios. Para contrarrestar, se impuso la promoción permanente de cerveza y licor nacional a solamente un dólar los jueves y domingos. Terminaba así su exclusividad, su categoría de lugar de moda, la insultante definición de “el lugar de la gente bonita”. La novedad había pasado muy pronto. Demasiado pronto.

No es que de una noche a otra hayan dejado entrar a cualquier zarampahuilo, tampoco. Simplemente, los clientes distinguidos volvían a repartir sus fines de semana entre el Chihuahua Charlie´s, el ElectriQ, el Crazy Town o se iban a El Paso. Aunque todavía faltaba tiempo para que el Vértigo viera amenazada su permanencia en el mercado, el hecho es que cada vez había más competencia, más aperturas de discotecas y antros con mayor o menor éxito.

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Los concursos

En la lucha por mantenerse, se recurrió a la estrategia de organizar cada sábado, día de mayor afluencia, una fiesta diferente. Así, un sábado fue fiesta de verano, con adornos playeros y tropicales; los empleados dejaron esa incómoda camisa de tuxedo, para vestir en cambio camisetas, cortos y sombreros de paja. Se ofrecieron cocos con ginebra, antes, padecimos la ardua tarea de pelarlos y perforarlos.

A la siguiente semana, la fiesta fue de pijama y en ella, los meseros calzaron pantuflas. Tanto ellos como los cantineros vistieron una bata y un gorro de dormir. Las cajeras usaron baby doll, aunque no a todas se les veía bien.

El siguiente sábado fue fiesta de locos: la decoración cambió a un sinfín de artículos: serruchos, martillos, camisas de fuerza, batas de médico, y los empleados pudieron trabajar sin fajarse la camisa, con el cabello pintado de colores, con la manga de un pantalón remangada sobre la rodilla, etc.

Se llegó incluso a hacer otra inversión importante en tecnología: ocho cabezas de dragón, metálicas, móviles, que lanzarían humo por los orificios de la nariz. Luego de instaladas, se les mantuvo en secreto durante algunas semanas, cubiertas con bolsas de basura; mientras, se anunciaba la proximidad de su develación con cortos de películas de aventuras —caballeros que salvaban a princesas de las garras de feroces dragones— para crear expectación sobre esa novedad tecnológica.

Al final, cuando por fin se develaron las cabezas metálicas, resultó que una falla en su diseño hizo que funcionaran mal: el humo debía salir por los orificios de la nariz, pero las cabezas de dragón tenían una forma cónica, lo que provocaba que el humo se acumulara y, en vez de salir por la nariz, saliera por la nuca.

Y ninguna de estas fiestas especiales tuvo el éxito deseado. La asistencia rozaba la mitad de la que había sido los meses inmediatos a la inauguración. Entonces se recurrió a lo habitual, a lo que a la gente le gusta: miércoles de damas con chic dancers en la pista principal, y para caballeros con bailarinas exóticas en el video bar Laberinto, en el subterráneo; así como el concurso de chico y chica sexy cada jueves y domingo. La temporada de las bailarinas exóticas, gringas por cierto, duró apenas un par de semanas. La de los chic dancers, estadounidenses también, duró un poco más. Al final, la noche especial de los miércoles desapareció. De manera muy inoportuna, cuando yo apenas hacía amistad con dos de las bailarinas.

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El chanchullo

Mientras los exóticos estadunidenses dejaron de dar show en el discoteque, los jueves y los domingos seguían con su alta asistencia gracias a la promoción de cerveza y licor nacional a un dólar. En cuanto al concurso de chica y chico sexy, había un concursante, un afroamericano, quien siempre lo ganaba, haciéndose acreedor a los 100 dólares de premio, que en ese entonces equivalían a trescientos pesos. Nunca supe el nombre de ese afroamericano, pero era un concursante con simpatía, chispa, buen cuerpo y una gracia para quitarse la camisa que enloquecía a las mujeres. De todos quienes concursaban, sólo uno podía compararse con él: Armando Zamarripa, quien después de ser “encueractor” en Vértigo Discoteque, sería estrella de videohomes y esposo de la actriz Gabriela Goldsmith.

Ante el éxito de la chica y chico sexy, Willy tuvo la idea de seguir organizando ese mismo concurso de baile, pero ahora con el nombre de Chico Vértigo, con eliminación semanal. Cada semana concursarían diferentes voluntarios, y el ganador de cada eliminatoria pasaría a una gran final. Tras varios fines de semana, llegaron los diez mejores, entre ellos, Zamarripa y el afroamericano. Bailaron primero todos juntos, para luego eliminarse en dos rondas por medio de aplausos. Cuando tocó el turno del afroamericano, los aplausos más fuertes y los gritos más sonoros de las mujeres fueron para él; mientras, Willy y el gerente veían el evento, debajo de la pista.

—No quiero que gane ese —ordenó Willy al gerente, quien a su vez también fungía como maestro de ceremonias.

Cuando llegó el momento de definir al ganador absoluto por medio de aplausos, el afroamericano recibió una ovación ligeramente más amplia que la recibida por Armando Zamarripa. La diferencia no era mucha, pero sí se notaba. El gerente repitió el último duelo de baile varias veces, pidió aplausos para los concursantes, dudando, o mejor dicho, haciendo como que dudaba en decidir quién era el ganador.

—Y el ganador de Chico Vértigo es… ¡Armando Zamarripa!

Hubo algunas protestas, débiles, de quienes desaprobaron la decisión pero sabían a la vez de la poca seriedad y trascendencia de ese tipo de concursos. Ignoraban que Vértigo Discoteque había desarrollado ese certamen no tanto para impulsar al mejor bailarín, sino para evitar que el afroamericano siguiera ganándolo cada semana.

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La sangre

Al ser un establecimiento donde se vendía alcohol en envase abierto, las broncas representaban un mal necesario. Cuando estas salían de control, algunas veces desembocaban en hechos de sangre. Como en el caso del Kiko, un pandillero de la colonia Del Carmen venido a más por su actividad criminal. En un pleito sucedido dentro del salón, huyó hacia el camerino, a una especie de pasadizo que iba a dar al Willy´s, salón contiguo al discoteque. En el camino, hirió con una botella rota a un mesero que no había hecho otra cosa que cruzarse inocentemente por su camino.

Un par de agentes judiciales, adscritos al departamento de autos robados y clientes asiduos del lugar —los clásicos gorrones que sólo tomaban whiskey cuando era de cortesía pero bebían cerveza de a dólar cuando tenían que pagar su consumo—se dieron cuenta de los hechos y amenazaron con levantar un acta. La empresa, entonces, compró su silencio a un precio muy módico: lo que quisieran tomar durante cierto tiempo.

Tiempo después, el Kiko murió en una persecución a pie con agentes de aduanas de Estados Unidos, cuando éstos lo descubrieron tratando de contrabandear droga en su auto. Todavía estaba del lado americano del puente libre cuando le dispararon. Durante su funeral, algunos cholos de la colonia Del Carmen, desfilaron por el centro de la ciudad a bordo de autos low rider y mensajes in memory of pintados en las ventanas.

Otro hecho que llamó mucho la atención, fue la muerte accidental de una joven por herida de arma de fuego, luego que otro narco de poca monta tuviera un problema en el antro y accionara su pistola. Para entonces, yo ya no trabajaba ahí y no supe realmente en qué terminó el caso.

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El declive y la muerte

Vértigo Discoteque permaneció abierto durante algunos años más. Reanudaron su concurso de chica y chico sexy, sus tardeadas dominicales y sus experimentos con constantes promociones; desde las más absurdas —como cuando rebajaron aún más el precio de las bebidas en aquellos Jueves de Estudiantes: “Vértigo apoya tu economía ayudándote a comprar más útiles escolares”— hasta aquella que, un día que fui como cliente, me pareció patética: cerveza XX Lager por solamente un penny.

No podía creerlo. Pedí una cerveza, y la pagué con un billete de un dólar. El cantinero, en tono de broma, me preguntó si podía quedarse con los 99 centavos del vuelto. Al ver mi cara de incredulidad, fue cuando me explicó que la cerveza costaba un centavo de dólar hasta las nueve de la noche.

Con cierta ironía, le dejé el vuelto como propina. Tomé la botella de cerveza y di una vuelta por el lugar. Hubo algunos cambios: la cabina del dj ya no era aquel Olimpo inalcanzable, ahora estaba en el segundo piso, y cualquiera podía acercarse a ella. El video bar Laberinto había cerrado para siempre. La barra cuatro, la más floja de todas, ya no funcionaba y permanecía en la oscuridad, recibiendo de vez en cuando algún rayo perdido de los cañones de luz. Los ojos de los androides ya no lanzaban rayos láser, y los dragones ya no exhalaban humo.

Todo aquello me era fácilmente reconocible, pero a la vez, ajeno. Era la sensación de ya no pertenecer ahí. Cuando se entra a trabajar a algún lado, uno se integra no sólo a las personas, a su equipo laboral, con sus compañeros de trabajo, sino también a los objetos. Las cosas forman parte de uno y sin darnos cuenta, también formamos parte de ellas. Por eso, pocas cosas son tan angustiantes como la sensación de no pertenecer ya. Aunque las cosas sean las mismas, se siente una desconexión, un cambio.

Como aquel cambio que sentí en Willy Moya la última vez que lo vi. Se le percibía diferente, pese a haber emprendido otros negocios: Bandoleros´s Discoteque y restaurant Ajúa. Se le notaba más relajado, como cuando estaba al frente del Willy´s o del Spanky´s, en aquellos lejanos tiempos en que empezaba en los negocios. Quizá su persona proyectaba el hecho de que el Vértigo ya no era una prioridad para él.

Años después abrió otros lugares más: el Vaqueras y Broncos, Hoolligan´s y el V-Bar. Fue al salir de este último cuando lo asesinaron a balazos, días después de que cayera ejecutado su jefe de seguridad en plena crisis de violencia que azotaba y asolaba a la ciudad en aquél fatídico año 2010.

Hubo muchos rumores sobre su muerte, especulaciones, conjeturas e hipótesis que no tiene caso mencionar. La verdad sobre los motivos que el autor o autores intelectuales tuvieron para contratar sicarios y asesinarlo, muy pocos la conocen. Y aunque su muerte nos afectó emocionalmente, al menos un poco por el hecho de haberlo conocido, la causa de su asesinato no es algo que nos incumba, o no debería serlo. Mucho menos cuando no hay gran cosa que podamos hacer al respecto, más que recordarlo.

Ignoro cuánto tiempo funcionó el Vértigo después de la muerte de su propietario, o si antes de dicho suceso ya había cerrado sus puertas por la falta de rentabilidad. Su cierre fue lento, casi inadvertido por la mayoría de quienes alguna vez trabajamos ahí, como una eutanasia sin estertores. En las paredes de su fachada, elegantemente pintadas de negro, sobresalen ahora las palabras SE RENTA con pintura blanca, cual grafiti con brocha gorda en vez de pintura en aerosol, en una zona donde algunos pocos antros aún se niegan a desaparecer y para ello cambian de dueño, de nombre, de fachada y concepto, resistiendo el embate de los casinos y el esplendor que ahora posee la avenida Gómez Morín, nuevo corredor turístico hacia donde ahora se dirige la gente bonita para escuchar no música pop, ni tecno, ni rock, sino asquerosa música de banda.

Vértigo Discoteque no ha sido demolido. Permanece ahí, cerrado, apagado y triste, en la esquina de Ignacio Mejía y Fernando Montes de Oca, en espera de alguien con un poco de fe que esté dispuesto a invertir en él, lo cual, en lo personal, con el auge de restoranes y antros, dudo mucho que ocurra.

Por eso es que ahora recuerdo el diálogo de la actriz Ofelia Guilmaín en una obra de teatro, cada vez que paso por el lugar y veo el edificio cerrado y su estructura inútil, vacía, desierta…

“…muerta por dentro. Pero de pie. Como un árbol.”

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