Un poema de Álvaro Solís

Alcoholes

 
 

En inmensos galeones más de niebla que de encino,
en raudas naves surcando la adversidad geográfica,
izando el velamen propicio para despejar la noche, navego.

Los tragos de ardiente ron sobre la proa,
bebida sagrada que no puede surgir del agua.

Atrás, los cañaverales inmensos,
la siega bajo la inclemencia del sol y del desvelo,
el paisaje vuelto copia de sí mismo.

Atrás, los brazos segando la cosecha del azúcar,
señores cañaverales suplantando a la selva,
el silencio en lugar del canto de los saraguatos,
el robo furtivo de cañas por niños que como yo,
temían la presencia del jaguar, el veneno de la nauyaca.

Pero las naves surcan la niebla en medio de la noche,
las rasgaduras de las velas crecen ante nuestros ojos,
pero es preferible el ron a grandes bocanadas
y vigilar la proa en busca de la tierra.

En las manos, la corteza de viejos abedules
                        es curtida por la sal del alimento.
En la noche el mar es una red de estrellas
                                que intenta pescar una mirada.

Atrás los cañaverales de la infancia,
correrías con las niñas por kilómetros y kilómetros
de caña en medio de la caña dulce
y de repente los cortes en las manos,
la cicatriz
              ardiendo ante la sabia saliva de muchachas
que succionan la sangre de la herida,

sus pieles enormes tintos reflejan la noche,
sus pieles brillan ante el sol de la mañana,
las muchachas sin nombre en medio del plantío,
las buscadoras de niños perdidos con la caña bien dispuesta.

Más de niebla que de encino,
                          el mar se encuentra en calma,
los tragos de este ron sobre la proa,
el viejo capitán Walcott inventa el faro de Santa Lucía,
                                              ilumina cañaverales
de este mismo ron que ahora arde en las entrañas,

paciente en aquellos sillones mecidos por el trópico
frente a su casa, frente al mar, frente a la tarde,
aquel anciano espanta las vacas del jardín
y el crujir del encino es el crujir de las cañas al quebrarse.

La noche es más noche, el mar se encuentra en calma.

Más de encino que de niebla,
                                      la constancia del recuerdo,
el poco de aquel ron para la herida.

Más de niebla que de roble barricas fermentando la memoria
de los que antes de mí desafiaron la tormenta.

Más de frío que de niebla,
                            la noche en calma,
cicatriz expuesta a la intemperie.

Las velas rotas por el aire ensortijado.

Allá, las armas milagrosas engendran curaciones y prodigios,
la noche permanece
                          inalterada.

Aquí no habita la inminencia del naufragio
y se avanza con velas rotas
y cosidas que obedecen el rumbo impuesto por el aire.
El mar en calma anuncia el tiempo de cosecha,
pero el viejo capitán platica con sirenas
que han viajado por los sueños de los hombres
que preparan el carbón para el invierno.

Más de brisa helada que de flor del framboyán,
                                      el mar dialoga con los astros.

Allá la isla Guadalupe,
sus elogios para celebrar una infancia,
el viejo capitán ya no quiere travesías
por esos mares encantados más de caña dulce
que de encendidas gardenias.

La noche avanza con las naves en medio de su noche.

El viejo capitán espantándose los moscos
que son mujeres más de inmensa quietud que de llovizna.
¿Cuántas millas náuticas separan del recuerdo?

Los verdes rayos de parvadas por el aire en griterío
anuncian la proximidad de una esperanza.

Yace en las velas la memoria del viento más de azul que de ceniza.
El viejo capitán ha cambiado el timón por los brazos de Helena.
La noche ha dejado de avanzar hacia lo oscuro
y regresa por el mismo rumbo invisible en el agua,
la noche se aleja con su techo de estrellas,
sigue la brújula con su oscuridad que a veces mata.

Me llamo Alonso, soy contramaestre.
Nací en un puerto muy lejano.
A los trece años me alisté para los mares.
He naufragado dos veces y aún temo a la tormenta.

Me llamo Alonso, soy contramaestre
de la nave que alguien bautizó como Alma.

 

 


El poema pertenece al libro Todos los rumbos el mar, publicado en 2011 por Ediciones de Media Noche y la Universidad Autónoma de Zacatecas.

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