Leonard Cohen come ají de gallina

No recuerdo el día ni la hora, tampoco viene a mi memoria el color de mi pijama, pero hacía un frío agresivo y desgastante. Agustín Haya de la Torre, amigo querido, poeta profundo y doloroso, de esos que debieron de haber nacido en el XIX, estaba viviendo en la casa desde hacía unos meses y habíamos compartido montones de palabras. Desde su arribo habían pasado muchas cosas: mordió una papa cruda por mi culpa, ya no veía fútbol solo, caminamos muchas calles, recibimos muchos insultos y nuestra cocina se llenó de ají de gallina, causa y demás delicias peruanas.

La convivencia había aumentado desde que el frío salmantino cepillaba con hielo las calles y los rostros de las personas. Para ese entonces hablábamos constantemente de poesía, de cine y sobre todo, de música. Agustín iba por discos a la biblioteca pública, como un anciano de la Plaza mayor, mientras nosotros nos ayudábamos de Youtube para compartir descubrimientos.

Yo siempre he sido muy conservador con lo que escucho, para mí escuchar hablar de música a mis amigos Joserra o a Alfredo es como tratar de hablar con dos noruegos borrachos estando sobrio: no entiendo nada y me siente ajeno. No mostraré mis credenciales musicales porque no se trata de devanar mi tara musical. Soy conservador porque mis oídos así lo quieren, porque mi sangre pide notas seguras y clasificadas, porque un camarón en una isla o una cigarrera sevillana me hablan con la confianza que necesito.

Para llegar a la biblioteca pública de las Conchas había que caminar 2.3 kilómetros entre menos diez bajo cero y decenas de ancianos salmantinos que se vuelven tan anchos como un autobús cuando se desplazan por las aceras. Agustín fue hasta allá, regresó, mi esposa y yo todavía estábamos en pijama, tratando de adivinar si salir era una idea estúpida o suicida.

Agustus entró, sacó de su memorable bandolera “amarilla canario agónico”, una pila de discos ¿habrá un mejor colectivo para un grupo de discos? Corrijo, sacó de su memorable bandolera “amarilla canario agónico” una parvada de discos de Leonard Cohen, los puso en la mesa y, como siempre cuando encontraba un hallazgo artístico, gritó “miren lo que encontré, es una maravilla”. Mi esposa y yo pusimos cara de sorpresa. Nunca habíamos escuchado a Cohen, o eso pensamos en el momento.

El espíritu burlón de Agus no perdonó y con voz engolada comenzó un discurso sobre el genio creador, la poesía, Canadá, Lorca Cohen, Federico; una ristra de comentarios fabulosos que no recuerdo cómo silencié pero, conociéndome, seguro fue con un certero “pon ya pues el pinche disco”.

Lo puso, escuchamos y nos dimos cuenta de la cercanía de la música de Cohen, no solo porque nos dimos cuenta de que ya lo habíamos escuchado muchas veces, también por lo penetrante de su voz y lo perfecto de su poesía.

Muchas veces habíamos escuchado a Cohen en voz de Francois Hardy, Judy Collins, Johnny Cash, Nick Cave, Willie Nelson, Rufus Wainwright, Tori Amos, R.E.M, Antony Hegarty y Nina Simone por mencionar algunos de los más destacados versionistas de sus canciones. En definitiva llevábamos años siendo aduladores de la música de este hombre sin saberlo. A Cohen, lo ubicábamos por su cavernosa voz, pero la realidad es que nunca habíamos sido escuchas activos y dedicados de su trabajo.

Los siguientes días de frío pasamos las horas escuchando y desmenuzando a Cohen, tomábamos vino de Toro y hablábamos de esa torre de la canción de la cual el cantante es residente. Él no tuvo opción, nació con esa voz y el genio poético la adornó. Era el frío, la causa peruana, el vino de la tierra, Cohen, baba ganush, pan crujiente, empanadas de chorizo, un pequeño vals vienés. Esos días Leonard Cohen fue todo para nosotros, en esa ocasión descubrí a mi cantante favorito.

Desde ese invierno no me he separado de Cohen, es casi lo único que escucho cuando estoy fuera de casa. Es el árbol donde busco sombra en los días que la soledad abraza, el mar donde encuentro los peces más perfectos, la síntesis del talento puro.  A veces pienso darle las gracias a Agustín por este acercamiento intensivo pero a quien le debemos todo es al artista, al poeta.

Tomo vino y recuerdo Chelsea Hotel, como berenjenas y Suzanne las adereza con ajo, siento frío y me cobijo con un Famous Blue Raincoat, leo los libros de Agustín y lo hago viviendo en la Tower of Song, observo una foto de Lorca y quiero bailar un vals. Cohen llegó a mi vida hace una decena de años y me he quedado prendado de su talento.

Agustín constantemente publica cosas sobre Cohen, me escribe sobre lo grandioso que es y ahora estos días, hemos llorado su muerte juntos, él desde una nube gris en Lima, yo desde una gota de lluvia en México.

 
 
 


Fotografía tomada del blog Inclasificables

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